En algunos casos la conducta violenta en casa supone un intento de control de
la relación y es reflejo de una situación de abuso de poder. Resulta por ello, explicable
que el maltrato lo protagonicen los hombres y se descargue en las mujeres, los niños
y los ancianos, que son los sujetos más vulnerables en el seno del hogar (Corsi, 1994).
El hogar que ha sido por largo tiempo el espacio adecuado para el cariño,
la compañía y para el logro de la satisfacción de necesidades básicas para todo
ser humano, puede ser actualmente un sitio de amplio riesgo para las conductas
violentas. Las familias al constituirse en muchos casos en una institución cerrada
es caldo de cultivo, casi apropiado para todo tipo de agresiones que por lo general
son repetidas y prolongadas.
No deja de ser llamativo que las diferencias de sexo condicionen el tipo de
violencia experimentada. Cuando un hombre sufre una agresión, ésta tiene lugar
habitualmente en la calle y suele estar asociada a un robo, una pelea, un ajuste
de cuentas o un problema de celos. Las mujeres, por el contrario, al menos en la
mayoría de los casos cuando son víctimas de actos violentos, suelen sufrirlos en el
hogar y por parte de su pareja.
Normalmente cuando se dan estos casos las víctimas se sienten incapaces de
escapar del control del agresor, por lo cual se hallan sujetas al victimario en razón
de la fuerza física que poseen, también por otra parte por la dependencia emocional,
sustentada también en muchos casos por el aislamiento social al que es sometida,
agravada en ciertos casos por los diversos tipos de vínculos económicos, legales y
sociales que ligan peligrosamente a ambas partes en un escenario propicio para la
violencia. (Bolaños, I, (2000).
En lo que respecta a las diversas formas que presenta la violencia familiar se
habla de maltrato físico cuando las conductas implicadas tales como: puñetazos,
golpes, patadas, amagos de estrangulamiento, etc. son reflejo de un abuso físico. La
situación de máximo riesgo para la integridad de la mujer puede ser el momento de
la separación, cuando el agresor se da cuenta de que la pérdida es algo inevitable.
En el maltrato psicológico son frecuentes desvalorizaciones como son las:
críticas y humillaciones permanentes, posturas y gestos amenazantes como son:
amenazas de violencia, de suicidio o de llevarse a los niños, además de las conductas
de restricción: control de las amistades, limitación del dinero o restricción de las
salidas de casa, y otras destructivas referidas a objetos de valor económico o afectivo
o al maltrato de animales domésticos y, por último, culpabilizarían a ella de las
conductas violentas de él (Caño, 1995).