225
contar, bajo la vigilancia de los sacerdotes. Los padres de los niños estaban obligados a
enviar a sus hijos a la escuela, desde la edad de seis años.
El método de enseñanza era el lancasteriano el cuál los niños mayores enseñaban a
los menores, y todos aprendían a escribir en tablillas de un polvo resinoso, sobre el cual se
señalaban las letras con un punzón de madera. Cada niño tenía obligación de llevar a la
escuela un saquito con esos polvos, para cuando fuese necesario borrar las letras.
Además, creó una escuela en Asunción para que indígenas, criollos y peninsulares,
aprendiera a leer y escribir el español.
En ese sentido según GSJ Furlong: En esta Escuela dice D. Lázaro de Ribera − se
mantendrán seis u ocho muchachos de cada pueblo, y luego que estén bien
instruidos en las verdades eternas, en la lengua castellana, y sepan leer, escribir y
contar, se volverán a difundir en sus pueblos los conocimientos adquiridos en la
Capital. Allí servirán de Maestro, bajo las reglas establecidas aquí, los discípulos
más hábiles y aprovechados; y a proporción que vayan regresando aquellos, vendrán
otros maestros a reemplazarlos, para que el número de discípulos sea siempre igual
(1954, págs. 41 y 45).
En el ámbito de la enseñanza universitaria estableció un sistema de oposición por
méritos para alcanzar el puesto de catedrático en los estudios jurídicos- filosóficos del
seminario de San Carlos, alejando la arbitrariedad y el nepotismo de la educación.
La relación con los naturales: Sostenía D. Lázaro de Ribera: “La experiencia de 158
años de los jesuitas mostró la bondad de su plan”. Por tanto, desde la admiración hacia el
sistema establecido por la compañía fundada por San Ignacio de Loyola y el respeto a los
naturales, siempre buscó establecer fuertes lazos con los indios, y para ello fundó la ciudad
de San Juan de Nepomuceno en agosto de 1797, en donde ubicó a los chavaravanas.
Por medio de intérpretes, se entrevistó con los caciques Gervasio Benítez y Francisco
Espínola. Nombró por cura al presbítero Miguel Fernández Montiel, donó utilizando su
fortuna personal a los principales caciques seis ponchos, seis sombreros, cuatro varas de
bayeta, y mandó hacer dos bastones con puño de plata para los dos principales de entre
ellos. Para proveer de lo necesario al nuevo pueblo, hizo un llamado a todo el Paraguay y
este respondió con generosidad esplendida: Los Altos, Tobati, San Joaquín, Candelaria,
Santa Ana, Corpus, Yuti, Itapúa, Atira, San Estanislao, Caazapá, San Cosme, Santiago,
etcétera, ofrecieron cuanto les fue posible donaciones en especie, como carretas, bueyes,
cueros, pero no dinero en efectivo.
El 13 de octubre de 1798, publicó un reglamento de 32 artículos para la defensa de